Passa al contenuto principale

Nuestra relación
con María,
madre de Jesús


Nuestra relación con María debe ser la misma relación de que tenemos entre todos los seres humano, al haber sido María una mujer.
Sin duda es justo honrarla por su obediencia, habiendo reconocido y creído que había sido elegida como la sierva del Señor, para el futuro nacimiento del Hijo de Dios.

De hecho, ella misma, el día de la anunciación del Ángel, respondió:

(He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra). Lucas 1,38

Así pues, María reconoció que ella era el «instrumento» a través del cual Dios asume la condición humana, encarnándose en ella, a pesar de ser una mujer virgen, manifestando en ella su gloria.
Haber tenido este privilegio, sin embargo, no significa que debamos divinizarla como hemos hecho hasta ahora, hasta el punto de fabricar imágenes falsas de ella, adorar ídolos, atribuyéndoles a objetos el poder Divino que pertenece al Espíritu de Dios, provocando al Señor con la obra de nuestras manos.
Aunque María dijo (En adelante todas las generaciones me llamarán bienaventurada), no significa que debamos divinizarla por ello.
Sí, es cierto que es bienaventurada, porque fue la madre de nuestro Señor, pero no debemos olvidar la siguiente afirmación de Jesús:

(Una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»). Lucas 11,27

Con esta respuesta, Jesús nos muestra que la obediencia a Dios es más valiosa que la bienaventuranza de María por ser su madre.
Jesús también subrayó la naturaleza humana de María llamándola mujer, como en las dos ocasiones siguientes:

(1)

(A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora»). Juan 2,1

(2)

(Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»). Juan 19,25

Por tanto, no podemos divinizar a una mujer, ya que es un ser humano y no Divino.
Además, debemos prestar atención a la siguiente declaración de Jesús:

(Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre»). Mateo 12,47

Por lo tanto, no podemos divinizar a todas las mujeres del mundo que hacen la voluntad de Dios, como María, ya que para el Señor son todas madres de Él.
No podemos hacernos una imagen de todas las mujeres del mundo haciendo la voluntad de Dios, como María, adorando objetos materiales, llamados ídolos, adorando a criaturas y no al Creador.
Hay muchas cosas en la Santa Biblia que hacen referencia al pecado de la idolatría, condenado por el Señor.
Algunos de estos aspectos se encuentran en el documento «Adoración, veneración y devoción.pdf», que recomiendo leer.
Otro error que cometemos es dirigirnos a María en la oración, para obtener su intercesión con Dios.
Jesús no nos enseñó a orar dirigiéndonos a María, sino al Padre Celestial, tal y como podemos ver en las siguientes citas evangélicas y en otras ocasiones en las que diversos hombres de fe, o siervos de Dios, se han dirigido al Señor para pedirle el milagro deseado:


(En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios). Lucas 6,12


(Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará). Mateo 6,6


(Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, …) Mateo 6,9


(Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies). Mateo 9,37


(Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú»). Mateo 26,39


(¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles). Mateo 26,53


(Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar»). Juan 11,39


(Y tú no intercedas por este pueblo, no supliques a gritos por ellos, no me reces, que no te escucharé). Jeremías 7,16


(En cuanto a ti, no reces por este pueblo, ni insistas con gritos y súplicas, pues no pienso escucharlos cuando me invoquen en la hora del desastre). Jeremías 11,14


(Pero, al comprender que no la alcanzaría, si Dios no me la daba —y ya era un signo de sensatez saber de quién procedía tal don—, acudí al Señor y le supliqué, diciéndole de todo corazón: …) Sabiduría 8,21


(Cuando Salomón terminó de orar, bajó fuego del cielo, que devoró el holocausto y los sacrificios. La gloria de Dios llenó el templo). 2 Crónicas 7,1


(Imploré este niño y el Señor me concedió cuanto le había pedido). 1 Samuel 1,27


(El faraón llamó a Moisés y Aarón, y les dijo: «Rogad al Señor que aleje las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré marchar al pueblo para que ofrezca sacrificios al Señor». Moisés respondió al faraón: «Dígnate indicarme cuándo he de rogar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que aleje las ranas de ti y de tu palacio, y queden solo en el Nilo». Él respondió: «Mañana». Moisés le dijo: «Será según tu palabra, para que sepas que no hay otro como el Señor nuestro Dios. Las ranas se alejarán de ti, de tu palacio, de tus servidores y de tu pueblo y quedarán solo en el Nilo» Moisés y Aarón salieron del palacio del faraón y Moisés suplicó al Señor acerca de las ranas, como había acordado con el faraón. El Señor obró conforme a la súplica de Moisés, y murieron las ranas en las casas, en los patios y en los campos). Éxodo 8,4


(Elías respondió: «Entrégame a tu hijo». Lo tomó de su regazo, lo subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho. Luego clamó al Señor, diciendo: «Señor, Dios mío, ¿vas a hacer mal a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo?». Luego se tendió tres veces sobre el niño, y gritó al Señor: «Señor, Dios mío, que el alma de este niño vuelva a su cuerpo». El Señor escuchó el grito de Elías y el alma del niño volvió a su cuerpo y el niño volvió a la vida). 1 Reyes 17,19


(A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir: «Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones». Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas. Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: «¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!»). 1 Reyes 18,36


El Mensajero de Dios