Amor
al Señor
A Jesús le hicieron la siguiente pregunta:
(«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero). Mateo 22,36
Amar al Señor con todo nuestro corazón también significa, sin duda, lo siguiente:
1) Creer firmemente en Él.
2) Amarle sincera y fielmente.
3) Cumplir sus mandamientos por completo.
4) Dialogar sinceramente con Él.
5) Desear incluso los milagros de Él.
Creer firmemente en el Señor significa no dudar de Él.
Si dudamos de Él, ¿cómo podemos amarle sincera y fielmente?
¿Cómo podemos cumplir sus mandamientos por completo demostrando nuestra obediencia como hijos amorosos del Padre?
¿Cómo podemos dialogar sinceramente con Él?
¿Cómo podremos pedirle y obtener milagros?
Así, el acto de fe de creer en el Señor es crucial para que el hombre cumpla esta gran mandamiento amando de verdad al Señor.
Es cierto que es difícil cumplir este mandamiento de Jesús, pero no imposible.
El Señor nunca nos habría dado un mandamiento para luego no poder cumplirlo.
Nuestra fe solo puede reforzarse si confiamos ciegamente en la Palabra del Señor hasta establecer una relación de diálogo en confianza con el Espíritu de Dios que nos conduzca incluso a obtener milagros.
Al hacerlo, nuestros corazones siempre estarán bien dispuestos a la obediencia a Dios y el Señor siempre estará dispuesto a manifestarse de forma sobrenatural a través de signos y milagros, reforzando cada vez más nuestra fe.
La manifestación de Jesús con signos y milagros entre los hombres se concreta en su siguiente promesa:
(El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él). Juan 14,21
Al poner en práctica las palabras de Jesús, también honramos el Señorío de Dios demostrando el temor correcto hacia Él.
Porque el Señor, a través del profeta Malaquías, dijo:
(El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Si yo soy padre, ¿dónde está mi honor? Si soy señor, ¿dónde está el temor hacia mí?). Malaquías 1,6
Amar al Señor con toda nuestra mente significa que en nuestra mente y en nuestra vida no debe haber espacio ni tiempo para amar a otra persona, sea quien sea.
Esto podría hacernos pensar que no debemos amar a nadie más que a Dios, pero eso sería contradictorio con la declaración de Jesús (Amaos los unos a los otros, como yo os he amado).
Así que el amor entre nosotros debe ser un sentimiento de respeto mutuo, no comparable o superior al amor y respeto a Dios.
Para entenderlo debemos remitirnos a las siguientes citas de las Sagradas Escrituras:
(El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos). Juan 3,31
Así, el Señor que viene del cielo es digno del mayor amor.
(Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: «¡Abrahán!». Él respondió: «Aquí estoy». Moisés le dijo: «Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré») Génesis 22,1
Dios pone a prueba a Abraham para ver si amaba a su único hijo por encima de sí mismo.
Sin embargo, el Señor, en el momento del sacrificio, no permitió que Abraham inmolara a su hijo, demostrando ser un Dios terrible pero amoroso.
(El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí). Mateo 10,37
El Señor quiere que lo amemos por encima de nuestros propios padres y por encima de nuestros propios hijos, confirmando una vez más la prueba de Abraham.
(De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y me dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto»). Mateo 4,8
Por eso hay que amar y adorar al Señor por encima de todo y de todos, sin adorar a nadie más que a Él, pues solo Él es Dios y solo Él es verdaderamente santo al ser el más puro Espíritu del Dios Creador, vivo en la eternidad.
El Mensajero de Dios